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Bloque rectangular blanco

CUENTO / CAMILA PESATTTI

Un pibe menos

Era la tarde de un 25 de noviembre y las calles de Fiske Menuco hervían por el sol, más en el barrio Alta Barda. Era el cumpleaños de Pepe, uno de los pibes del barrio, amigo de Pablo. Ellos sentían la cumbia en el alma, así que con damas gratis al palo y unas birras frías festejaba su día, esperando a la vagancia.

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Ese día Pablo había estado limpiando autos toda la mañana, no solo le quería comprar leche y pañales a Lucía, su hija. También quería compartir con Pepe unos tragos. Cayó como a las 6. Un ratito después apareció el gordo con unos vinos y un par de fasos. Se podían pasar horas charlando y cagándose de risa. Nunca faltaban las anécdotas graciosas que Pablo contaba de su hija. Estaba enamorado de la pequeña. Siempre cariñoso y con mucho humor. Los hacía reír todo el tiempo. Era un pibe muy amigable y charlatán.

De niño a Pablo le encantaba jugar al ladrón y policía. Siempre elegía ser ladrón. Quizás era porque le gustaba escaparse. Desde que su padre lo abandonó le encantaba esconderse y desaparecer. Se divertía.

Cuando cumplió los 20 seguía siendo pobre, pero tenía la alegría de su pequeña hija, igualita a él, sin dudas. Esa sonrisa pícara que Pablo hacía cada vez que salía a pedir comida. Como cuando lavaba un coche para juntar unos mangos. Cada tanto robaba. Pero es lo que le tocó en la vida, siempre tuvo que rebuscarsela para comer todos los días y sin laburo estable, solo tenía sueños. 

El calor ardia 

ese sábado

en Alta barda

Muy pocos árboles hacían sombra y las ranchas de madera se calcinaban. Ellos se fueron a la placita a tomarse los vinos.

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El Pepe andaba medio bajón, en realidad porque no tenía plata. Y festejar un cumpleaños con amigos a todo el mundo le gusta.

En la noche pintaba Boleros, cumbia, escabio, amigos y chicas. Pero para salir al boliche tenés que pagar entrada, para tomarte unas birras, para comprar puchos necesitás guita.

 

Ya era de noche y en eso cayó el rata. Es el tranza del barrio, más que tranza lacra. Era el que cortaba la merca con cualquier pastilla y se la vendía a los pibitos. Todos se conocían de pequeños, aunque Pablo no lo podía ni ver, porque a veces el rata tranzaba con la policía. Pero él caía y se comía los bolazos.

Esa noche cayó con unas pastillas, que se las mandaron a la última jarra de vino y arrancaron para el centro.

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Después de una caminata bastante larga pero divertida llegaron. El rata se había tomado el palo. Ellos tres se iban a bailar cumbia y tomar birra. Esas horas en el boliche parecieron minutos, entre el escabio que corría y las pibas que se copaban en bailar, Pablo, pepe y el gordo estaban descontrolados. La manija empezaba a subir a la cabeza. Y ya no tenían ni cigarros.

El boliche cerró y la madrugada, todavía oscura, tenía esa energía turbulenta que se sentía a la legua. Ellos estaban en otra secuencia. Querían puchos y empezaron a pedir.

 

En eso doblaron por España, la calle estaba vacía, había un par de autos estacionados y a Pablo le pintó robar.

QUIÉN IBA A PENSAR 
QUE POR UNOS PUCHOS
TODO SE IBA IR A LA MIERDA

Al primer auto que vio lo quiso abrir. Tuvo la mala suerte de que el dueño era el policía Villegas, quien estaba muy cerca y sin dudarlo, sin uniforme pero con el arma reglamentaria, lo fusiló de un disparo en la nuca a unos pocos centímetros de distancia.

 

Y así Pablo terminó su noche, o su vida. Muerto en la vereda y con una bala en la cabeza. 

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